MEJORA TU SALUD FÍSICA Y MENTAL CONECTANDO CON TU ESPÍRITU A TRAVÉS DE LA RESPIRACIÓN CONSCIENTE.

Mis Guías
Siempre he creído que los ángeles me guían. La manera en que surgen providencialmente los eventos y las oportunidades en mi vida es sorprendente. El psicólogo Carl Jung lo llamaría sincronicidad. Yo, formado en escuelas católicas, siempre he sentido la presencia de los ángeles. Me han librado de tantos peligros que aún me asombro al recordarlo. Estoy convencido de que fueron ellos quienes me condujeron al zazen.
Cuando comencé a tener problemas personales en la preadolescencia, recurrí a la investigación para encontrar respuestas. Esa inclinación al análisis me acompañaba desde niño. Siempre desmontaba los juguetes que me regalaban en Navidad, tratando de entender cómo funcionaban. Mis padres, cansados de ver piezas sueltas por toda la casa, comenzaron a regalarme juguetes para construir, como los Lincoln Logs, unas piezas de madera diseñadas para armar estructuras.
El divorcio de mis padres y el traslado de Nueva York a Puerto Rico, cuando tenía ocho años, me afectaron profundamente. Llevaba un avispero en la cabeza: pensamientos y emociones entremezclados que no me daban descanso. La ausencia de mi padre, a quien no vi durante siete años, me llenaba de ira.
Mi educación católica me proporcionó un trasfondo de fe, que más tarde se profundizó al estudiar la Biblia con un amigo evangélico. Pero, aunque valioso, ese conocimiento no ofrecía soluciones prácticas a mi confusión emocional. Necesitaba algo que me ayudara a comprender lo que ocurría en mi cuerpo y mi mente. Algo que fuera directo al núcleo del problema.


Encuentro con el hara y el zazen.
A los catorce años, salí a caminar por mi vecindario y me encontré con un grupo que practicaba yoga. Me invitaron a unirme. Lo encontré interesante, pero algo me faltaba. La práctica me resultaba demasiado pasiva para alguien como yo, que estaba acostumbrado al movimiento.
Unas semanas después, en otra caminata, vi a un joven practicando karate en la marquesina de su casa. Me acerqué, hablamos, y él me recomendó un maestro. Así comencé a entrenar en las artes marciales. Practiqué con intensidad, primero en Puerto Rico y luego en Nueva York.
En una ocasión, el maestro de la escuela Yun Mu Kwan —una línea de karate coreano— regresó de la sede principal en Nueva York con una enseñanza nueva: la respiración desde el hara, el centro de equilibrio del cuerpo. Aprendimos a realizar una respiración abdominal profunda.
Después de un año de practicarla con disciplina, una noche, al terminar la clase, tuve una experiencia que marcaría mi vida. Mientras esperaba mi transporte, sentí una gran quietud mental: ausencia total de pensamientos y sensaciones. Un espacio infinito. Puro.
Cuando volví a un estado normal, mi primer pensamiento fue: “Así es mi verdadera mente.” Lo que me angustiaba desapareció o perdió importancia. Intuí que esa quietud era la esencia de mi ser.
En ese entonces, no conocía ningún marco teórico para explicar esa experiencia. Sin embargo, seguí practicando y descubrí que, mediante la respiración, podía disolver malos hábitos y disipar los efectos de experiencias dolorosas. Su efecto calmante y la ausencia de pensamientos innecesarios me hacían sentir en unidad con lo que me rodeaba. No era “yo frente a un árbol”; solo árbol.
Después de varios años de práctica en Puerto Rico, viajé a la escuela principal en Nueva York. Allí, el Maestro Min Q. Pai —un verdadero artista marcial que dominaba varios estilos, incluyendo el Tai Chi— dirigía la escuela. Fue allí donde tuve mi primer contacto con el zazen. El Roshi Eido Shimano vino a enseñarnos la técnica. Era el año 1971 y yo tenía veinte años. Desde entonces comencé a practicar zazen de manera informal, y a la vez, a indagar los principios que sostenían prácticas capaces de producir resultados tan transformadores.
Décadas más tarde, comencé a practicar formalmente con un grupo Zen en Puerto Rico bajo la guía del Roshi Kyozan Joshu Sasaki. Las experiencias que había tenido con el hara encajaban perfectamente con la práctica del centro. El abad del templo incluso llegó a proponerme la ordenación como monje. Sin embargo, ciertas situaciones conflictivas me llevaron a retirarme antes de que eso ocurriera.
Durante los seis años que asistí a ese centro, nunca dejé de considerarme cristiano. Me sorprendió profundamente cuando, durante un retiro, el Roshi utilizó como kōan una serie de preguntas que comenzaban con: “¿Dónde está Dios cuando…?” Luego supe que había dirigido retiros en un monasterio cristiano durante diez años, y que conocía profundamente la mentalidad cristiana.


Destilando y practicando lo esencial.
Durante un tiempo enseñé Tai Chi, pero luego sentí el impulso de explicar mis experiencias a mi manera. Así escribí Relajación Alerta: el camino de siempre a una vida feliz. La primera edición la publiqué en 1993; no era extensa, más bien un folleto. En él condensé el resultado de más de veinticinco años de práctica y la destilación de lo esencial.
Utilizaba el folleto como material de apoyo en las clases que ofrecía sobre el método. Algunas personas incluso lo adquirieron por correo, después de leer un artículo en el periódico sobre mis clases. Más adelante, cuando dejé de enseñar formalmente, continué practicando el método de forma personal. Hasta el día de hoy, después de casi sesenta años de aplicarlo, puedo decir que ha resistido la prueba del tiempo.
Enseñé este método en hospitales psiquiátricos, institutos y clínicas psicológicas. Aún me sorprende que tantas personas se conformen con vivir sufriendo, aceptando sus padecimientos como inevitables. Observo el malestar físico y mental que cargan día a día y me pregunto cómo pueden soportarlo.
Quisiera hacerles saber que muchos de esos problemas son ficticios, creados por la ignorancia sobre los procesos mente-cuerpo. Pero sé que ninguna explicación es suficiente para ayudarlos a superarlos. Sin un compromiso serio con una práctica constante de técnicas que revelen el funcionamiento natural de nuestro organismo, no es posible alcanzar una condición estable y duradera.
Superar la infelicidad es un proyecto de vida. No se trata de alcanzar un estado mágico donde todo es perfecto ni de convertirse en un “santo” con personalidad impecable. El verdadero asunto es entender cómo funciona la atención: reconocer que la manera en que atendemos, y las cosas que atendemos, producen efectos concretos en nuestra experiencia.
Mi búsqueda me llevó a explorar un lenguaje adecuado para comunicar lo que sabía. Mis estudios universitarios en psicología y mi lectura extensa me llevaron a intentar explicarlo en términos científicos. Comprendí que, aunque la ciencia confirma con sus estudios la efectividad de ciertos estados físico-mentales y las mejores formas de acceder a ellos, aún no ha logrado crear un lenguaje apropiado para expresar lo profundo, lo sagrado, lo misterioso.
Este escrito representa el fruto de décadas de investigación, pero sobre todo de práctica. Me alegra profundamente constatar que los avances en la investigación científica, junto con el acceso que ahora tenemos a maestros de contemplación de diversas tradiciones, me han dado la certeza de que lo que aquí presento es —sin lugar a dudas— la esencia de la práctica.

Observando al Roshi Eido Shimano enseñando el método del zazen en el 1971.

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